EN ESTE ARTÍCULO
- Artículo de Jordi Picazo en la Prensa internacional: “La víctima que pidió a la Iglesia investigarse a sí misma”.
Buena Lectura. Equipo Jacques Pintor
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Hubo un momento en que el joven mexicano Javier Fernando Alcántara Cruz creyó que su batalla consistía en perseguir a un hombre. Ese hombre tenía nombre y vestía hábito. Celebraba misa y escuchaba confesiones. Los niños confiaban en él. Javier también.
Durante años, Javier pensó que llegaría el día en que aquel sacerdote respondiera por lo que, según figura en el expediente en Fiscalía de Ciudad de México, hizo con su infancia. Aunque esa ha sido todos estos años una aspiración legítima, el tiempo le ha enseñado algo que muy pocas víctimas de abusos sexuales clericales llegan a descubrir: un abusador nunca es únicamente un individuo. El abusador es también una cadena de decisiones: alguien le da un destino, alguien recibe las primeras advertencias, alguien decide si investiga o espera. Alguien calcula el coste de actuar y, a veces, alguien opta por no hacer nada.
La pregunta ahora ya no es qué hizo el padre escolapio José Miguel Flores. La pregunta es quién sabía sobre el actuar de ese monstruo, desde cuándo lo sabía y qué hizo —o dejó de hacer— con ese conocimiento.
Es por esta realidad que hace unas semanas, Javier hizo algo que desconcierta a quien solo conoce su historia superficialmente (quien desee conocer el origen de esta historia encontrará las dos columnas anteriores enlazadas al final de este artículo). Desde Cancún en México, escribió a la autoridad eclesiástica de Ecuador: “La muerte del agresor no extingue la obligación de investigar responsabilidades institucionales”. Esa es la frase sobre la que descansa toda la solicitud.
Según sostiene en la documentación que remite a la Iglesia ecuatoriana, el sacerdote al que acusa de haber abusado sexualmente de él en más de setenta ocasiones (según consta en el expediente de la Fiscalía de Ciudad de México), fue destinado posteriormente a Ecuador y permaneció allí entre 2012 y 2019, desarrollando actividad pastoral y educativa con menores. Javier escribió a Ecuador pensando en niños cuyos nombres jamás conocería, con la fuerte aspiración de un “nunca más”. Pero, mientras redactaba esa solicitud, otros empiezan a llamar a su puerta. Entre ellos, un joven de Nicaragua, dos hombres de Colombia, uno de Cúcuta y otro vinculado a un colegio de Medellín, más una mujer de México que de pequeña recibió clases del escolapio violador de Javier, quien se llevaba a sus favoritos a Disneyland en viajes que pagaba él mismo. Javier ya habla de seis o siete personas que buscan orientación. Sin habérselo propuesto de antemano, una víctima se ha convertido en refugio para otras posibles víctimas.
La lucha de Javier ha cambiado de dirección. Ya no gira únicamente alrededor de su propio sufrimiento. Gira alrededor de las decisiones que pudieron exponer a otros. Javier, ya casado, padre de dos hijos y con tres trabajos para sostener a su familia, pide ahora, en un gesto que a mi ver le engrandece, que se determine quién sabía, quién autorizó los traslados, qué medidas se adoptaron y si la Iglesia cumplió el deber de protección que proclama a los cuatro vientos. Sobre todo, desde el nuevo protocolo contenido en el motu proprio del Papa Francisco, Vos Estis Lux Mundi.
La muerte prematura del presunto agresor, ya secularizado y expulsado de la Orden Escolapia en 2022, no cierra la investigación que Javier exige, simplemente cambia su objeto. Ya no se trata de establecer únicamente la conducta de un sacerdote, sino de hacer un examen de conciencia institucional. Cuando el agresor ya no puede responder, solo queda conocer las decisiones de quienes tenían autoridad sobre él.
“No estoy denunciando al muerto. Estoy denunciando la actuación de los superiores”, así resume Javier el verdadero objeto de su solicitud.
A finales de junio releía la transcripción de la conversación que Javier mantuvo en Cancún con representantes de la Orden de las Escuelas Pías a mediados del mes de mayo de 2026, acompañados de abogados de ambas partes. Yo esperaba encontrarme una negociación sobre indemnizaciones. No la encontré. Encontré a un hombre preocupado por víctimas que ni siquiera había conocido cuando empezó esta historia. Javier hablaba de los miles de pesos mensuales que necesita en atención médica, de apoyo psicológico que todavía precisa, de terminar los estudios que tuvo que abandonar por dejar los escolapios de ofrecerle ese beneficio de la educación, de garantizar el futuro de sus hijos. Pero, de pronto, la conversación dio un giro inesperado. Habló de Nicaragua, de Colombia, de Ecuador. De otras personas, en fin, que recién han comenzado a escribirle. Defendió con determinación y claridad la necesidad, a su entender, de crear una comisión internacional en la que las propias víctimas acompañaran a otras víctimas coordinadas, sugiere Javier, por el mismo Jószef Urban, responsable de la salvaguarda de los menores en el universo escolapio. “No necesitaríamos ni que nos pagaran”, llega a decir Javier en la reunión. El papel de estas víctimas colaboradores sería asesorar a las víctimas pasadas y tristemente, futuras de la Orden, viajar si es necesario, llegar donde los escasos recursos humanos dedicados por la Orden a este menester no llegan.
De repente, la víctima había empezado a hacer el trabajo que esperaba que hicieran con él en la propia institución: escuchar, orientar y acompañar.
“No necesitaríamos ni que nos pagaran”. Hay frases que pasan inadvertidas y, sin embargo, contienen una vida entera. Esa es una de ellas. Porque revela el momento en que una persona deja de preguntarse únicamente qué le ocurrió a ella y empieza a preguntarse qué puede hacer para que no vuelva a ocurrir. No conozco transformación más difícil.
Con demasiada frecuencia reducimos a las víctimas de abusos sexuales clericales a su condición de víctimas no más. Las convertimos en el último capítulo de una tragedia. Javier parece estar empeñado en lo contrario. Quiere convertir su tragedia en el primer capítulo de una protección que alcance a otros. Su carta a Ecuador no pide que se reabra su trauma de infancia, pide que se investigue si hubo niños que pudieron quedar desprotegidos después de la suya propia.
Los líderes de la Iglesia Católica hablan, con razón, de la necesidad de conversión. Ninguna palabra le pertenece tanto. Convertirse significa cambiar de dirección. Dejar de caminar hacia uno mismo para empezar a caminar hacia Dios y, por Dios, hacia el otro. La solicitud de Javier contiene una paradoja que debería interpelar a cualquier creyente. Es la víctima quien está pidiendo a la institución que haga un examen de conciencia.
Durante siglos, la Iglesia ha enseñado a cientos de millones de creyentes a examinar cada noche su conciencia. La carta de Javier formula ahora una pregunta inevitable: ¿puede una institución que predica diariamente el examen de conciencia negarse a practicarlo sobre sí misma? Examen de conciencia, absolutamente un requerimiento moral.
No un examen retórico, ni un comunicado, ni solamente un acto público, necesario por otra parte, de contrición. Un examen de conciencia de verdad. Que abra los archivos. Que reconstruya las decisiones. Que determine responsabilidades. Que averigüe si hubo otros menores expuestos después de que existieran advertencias hace casi dos décadas. Que mire de frente aquello que durante demasiado tiempo pudo resultar más cómodo contemplar de reojo.
Mientras leía la carta de Javier a la Iglesia Católica de Ecuador, recordé una de las escenas finales de la película La lista de Schindler. Ambas historias no son comparables (o tal vez sí, podrá pensar algún lector). La recordé por una intuición profundamente humana: Schindler comprende demasiado tarde que siempre era posible hacer un poco más.
La carta de Javier nace exactamente de la pregunta inversa. No se pregunta ahora solamente qué más podían haber hecho por él. Se pregunta qué más puede hacer él por quienes vienen detrás. También por quienes le precedieron y no se atrevieron a hablar.
Toda la crisis mundial de los abusos sexuales en la Iglesia comenzó investigando sacerdotes. La siguiente etapa empieza cuando las preguntas se dirigen a quienes los gobernaban. Esto cambia por completo el sentido de su lucha. Javier Fernando Alcántara Cruz ya no escribe únicamente como superviviente, sino más bien como un hombre que se niega a aceptar que el siguiente niño tenga que recorrer el mismo camino del calvario que él está recorriendo estos años.
Si las autoridades eclesiásticas ecuatorianas abren la investigación que solicita Javier, estarán respondiendo a un expediente. Pero también tendrán la oportunidad de mostrar si la Iglesia está dispuesta a examinar con la misma severidad las decisiones de sus gobernantes que las conductas de sus agresores. Porque una institución fundada sobre el examen de conciencia no debería temer practicarlo sobre sí misma.
Las instituciones no se purifican cuando encuentran un culpable, se purifican cuando descubren por qué nadie lo detuvo. Hay hombres que sobreviven al monstruo. Muy pocos deciden regresar sobre sus pasos para que el siguiente niño no tenga que recorrer el mismo camino del calvario. Javier ha decidido regresar.
Si usted reconoce en esta historia algo de su propia vida o cree que alguien cercano puede necesitar ser escuchado, puede escribirme. A veces el primer paso hacia la verdad no es una denuncia. Es descubrir que uno ya no está solo. Jordipicazosalomo@gmail.com
Documentación
- Carta íntegra remitida por Javier Alcántara a la diócesis de Santo Domingo de los Colorados (Ecuador), puede consultarse en corruptspanish.church)
- Mis dos columnas anteriores sobre este caso aquí y aquí.
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