Papa León XIV
El Papa León XIV ha pedido recientemente a los obispos de América Latina que escuchen a las víctimas de abusos y asuman personalmente la responsabilidad de afrontar esta crisis. Pero toda exhortación institucional se pone a prueba cuando aparece un caso concreto que interpela directamente a la autoridad que la formula.
La incoherencia que interpela a la Iglesia
La carta de Claudia, mamá mexicana cuyo hijito fue violado repetidamente durante años por un cura escolapio, interpela directamente esa exhortación. Porque el documento de esta madre no es solamente un testimonio más. Es también un texto que confronta la aplicación concreta de la normativa pontificia en un caso específico, ante los oídos sordos de la comunidad eclesial, por la falta de caridad con las víctimas en primer lugar y por la falta de acatamiento del motu proprio Vos Estis Lux Mundi de Francisco en colaboración con la ley de los pueblos civilizados.
Y ahí emerge una tensión que atraviesa hoy a la Iglesia Católica en todo el mundo: la distancia entre los principios proclamados y la “experiencia de usuario” quienes buscan justicia dentro de sus estructuras.
Una Iglesia que proclama la cultura del cuidado demuestra su credibilidad no cuando habla de las víctimas, sino cuando responde a las cartas que las víctimas escriben.
La contradicción entre el mensaje de León XIV y el silencio ante la carta de Claudia
El mensaje enviado por el Papa León XIV al Congreso 2026 de CEPROME en Costa Rica establece con claridad el marco moral y pastoral desde el que la Iglesia afirma hoy enfrentar la crisis de abusos sexuales. En ese texto, el Papa reconoce que el problema constituye una de las heridas más profundas del cristianismo contemporáneo y subraya que no puede tratarse como un asunto técnico reservado a especialistas.
“No se trata de un ámbito especializado, reservado a unos pocos expertos, sino de una dimensión esencial de la misión evangelizadora de la Iglesia.”
(Mensaje papal, párrafo 1)
El documento insiste especialmente en la responsabilidad personal de quienes gobiernan la Iglesia. No habla solo de normas o protocolos, sino de responsabilidad directa de los pastores.
“Los responsables de las Iglesias locales tienen en este proceso una responsabilidad particular e indelegable.”
(Mensaje papal, párrafo 3)
Y añade inmediatamente que esa responsabilidad no puede limitarse a aplicar procedimientos formales:
“Están llamados no solo a garantizar normas y procedimientos, sino a asumir en primera persona una cultura del cuidado capaz de prevenir el abuso, de escuchar a las víctimas…”
(Mensaje papal, párrafo 3)
El punto más explícito del mensaje aparece cuando el Papa se refiere al deber de escuchar a quienes denuncian abusos dentro de la Iglesia:
“Escuchar a las víctimas no es un gesto opcional, sino un acto de justicia y de verdad.”
(Mensaje papal, párrafo 6)
La frase es inequívoca. No se presenta como una recomendación pastoral ni como un ideal espiritual, sino como una exigencia de justicia.
Pero precisamente por eso el mensaje papal se convierte también en un criterio desde el que pueden examinarse los casos concretos que llegan a Roma. Y uno de esos casos es la carta que la madre mexicana envió al Papa el 30 de enero de 2026 denunciando presunto encubrimiento institucional en un caso de abusos sexuales contra su hijo cuando Pedro Aguado, ahora elevado al orden episcopal y nombrado en plena crisis obispo de Huesca-Jaca en España, era superior general de la Orden de las Escuelas Pías.
El contraste es inevitable. Mientras el Papa afirma que escuchar a las víctimas constituye un acto de justicia, la autora de esa carta sostiene que su denuncia —acompañada de documentación y enviada directamente a Roma— no ha recibido respuesta.
La contradicción no es únicamente retórica. Porque el propio mensaje papal afirma que la reparación dentro de la Iglesia requiere algo más que palabras o protocolos.
“La reparación… requiere una visión eclesial clara, fundada en la verdad, la asunción de responsabilidades y el acompañamiento perseverante en el tiempo.”
(Mensaje papal, párrafo 6)
Es precisamente en ese punto donde los principios proclamados en el mensaje pontificio escrito para ser leído en el Congreso CEPROME que se celebró entre el 2 y el 5 de marzo de 2026 (la carta de Claudia fue recibida por el Papa y sellada en la estafeta Vaticana el 13 de febrero) se enfrentan con la realidad concreta de las denuncias que llegan a la institución. Cuando una víctima —o la madre de una víctima— dirige una denuncia documentada a la máxima autoridad de la Iglesia, el principio de escucha que el propio Papa define como “acto de justicia y de verdad” deja de ser una declaración general y se convierte en una prueba concreta de coherencia institucional.
La carta que interpela al Papa León XIV
El 30 de enero de 2026 Claudia I. C. tomó la decisión de escribir directamente al Papa León XIV. Vive actualmente fuera de su país de origen. Es madre. Y no escribió una carta devocional ni una súplica abstracta. Escribió una denuncia formal. Puedes verla en esta entrada adjuntada en esta sección.
Claudia comenzaba con una identificación directa personal y del objeto de su denuncia:
“Me dirijo a usted con respeto. Mi nombre es Claudia… Soy mexicana… y le escribo para denunciar al hoy obispo de Huesca y Jaca… Pedro Aguado Cuesta…”
(Carta, párrafo 2)
No hay anonimato ni ambigüedad. La autora delimita inmediatamente el marco de su acusación, que incluye presuntos hechos de encubrimiento, negligencia y abuso de poder.
En el mismo párrafo inicial, Claudia enumera los elementos centrales de su denuncia:
“…por presuntos hechos de encubrimiento, por favorecimiento, negligencias graves, abuso de poder, coacción y violaciones directas a las obligaciones establecidas en ‘Vos Estis Lux Mundi’…”
(Carta, párrafo 2)
Este comienzo es importante porque establece desde el primer momento la naturaleza del documento: no es un testimonio emocional aislado, sino una denuncia que invoca una normativa pontificia concreta.
Cuando el silencio institucional contradice Vos Estis Lux Mundi de Francisco
La carta expone después el núcleo del caso: los abusos sexuales continuados con más de 70 violaciones en sufridos por su hijo. Claudia describe los hechos con una crudeza que refleja el impacto devastador que atribuye a lo ocurrido:
“Este abusador sexual violó a mi hijo por años… Según parte médico, lo violó entre 70 y 80 violaciones en varios años…”
(Carta, párrafo 4)
La autora subraya también el efecto psicológico de esos abusos:
“…abusando de su sotana y manipulando a mi hijo hasta dejarlo sin voluntad y dejándole un terrible daño emocional y físico.”
(Carta, párrafo 4)
Desde su perspectiva, el caso no terminó con la denuncia del agresor. El centro de su carta es la actuación de las autoridades eclesiásticas. Claudia afirma haber denunciado personalmente los hechos al entonces superior general de los escolapios:
“Yo personalmente denuncié al sacerdote… y lo denuncié ante Pedro Aguado Cuesta en 2019… Yo viajé a Roma a la Casa General Escolapia y ahí tuve una plática con Pedro Aguado personalmente…”
(Carta, párrafo 3)
Esta afirmación es el punto nodal del documento. Porque la cuestión pasa a situarse —y la autora indica que anexa correos electrónicos y pruebas— en el terreno de las obligaciones institucionales previstas por Vos estis lux mundi. La propia Claudia sostiene que esas obligaciones no se cumplieron:
“Pedro Aguado debió denunciar ante la policía y fiscalía al agresor en cuanto ya estaba la sentencia que declara que le quitarían el sacerdocio y no lo hizo.”
(Carta, párrafo 5)
La carta insiste en la idea de una gestión discrecional del caso:
“Pedro Aguado todo lo ha hecho a su manera, a su estilo…”
(Carta, párrafo 6)
Este tipo de afirmaciones constituyen el eje de su acusación institucional.
La carta que nadie responde: el caso Aguado ante León XIV
El documento introduce además un episodio que la autora presenta como particularmente doloroso para su familia. Tras la sanción canónica que retiró el estado clerical al agresor, Claudia sostiene que la memoria pública del sacerdote fue tratada de forma que percibe como una humillación adicional. Describe así la misa celebrada tras su fallecimiento:
“…no es posible que hayan ido a darle el pésame y a decir que murió como sacerdote escolapio cuando ya había una sentencia que dice que el señor ya no era sacerdote dos años atrás.”
(Carta, párrafo 7)
Según la carta, esa ceremonia incluyó elogios públicos hacia el sacerdote:
“…hablaron cosas tan hermosas diciendo que fue un gran sacerdote, gran ser humano, gran amigo…”
(Carta, párrafo 7)
La autora interpreta ese episodio como una muestra de falta de empatía hacia la víctima. El tono emocional del documento aparece de forma explícita en varios pasajes. Entre ellos, uno de los más directos:
“José Miguel Flores Martínez nos mató en vida. A mi hijo le robó su niñez, adolescencia y adultez…”
(Carta, párrafo 4)
Este tipo de frases no pertenecen al lenguaje jurídico. Son la expresión directa de una experiencia traumática que atraviesa todo el escrito.
La dimensión estructural del problema
La carta concluye con una petición concreta de reparación institucional. Claudia no se limita a denunciar. Formula solicitudes específicas:
“Yo pido reparación del daño integral que incluya todos los beneficios para mi hijo y que incluya tratamientos médicos y psicológicos…”
(Carta, párrafo 8)
También solicita medidas disciplinarias:
“…que los implicados nombrados en este escrito reciban un castigo ejemplar.”
(Carta, párrafo 8)
Estas demandas transforman el documento en algo más que un relato personal. Lo convierten en un expediente susceptible de examen institucional. Porque la cuestión central que plantea la carta es sencilla en su formulación, aunque compleja en sus implicaciones:
si una autoridad eclesiástica tuvo conocimiento de hechos graves en 2019, ¿se activaron o no las obligaciones establecidas por Vos estis lux mundi?
El mensaje completo del Papa León XIV al Congreso de Ceprome 2026
[Los resaltados en negrita son nuestros]
Queridos hermanos y hermanas,
estimados pastores de la Iglesia peregrina en América Latina,
representantes de Ceprome:
Acojo y saludo el camino que hoy emprenden juntos, un camino que toca una de las heridas más profundas y dolorosas del Cuerpo de Cristo. Este itinerario se presenta como un signo auténtico de renovación y como un compromiso concreto con todas las víctimas y con la misma Iglesia. No se trata de un ámbito especializado, reservado a unos pocos expertos, sino de una dimensión esencial de la misión evangelizadora de la Iglesia, que interpela la conciencia de cada pastor y de cada comunidad eclesial.
Este congreso, que se celebra en San José de Costa Rica en estos primeros días del mes de marzo, expresa de modo concreto el compromiso de la Iglesia en esta región. Agradezco de manera especial a la Conferencia Episcopal de Costa Rica, que participa activamente en este encuentro con la presencia de representantes de sus diversas diócesis, ofreciendo así un valioso testimonio de comunión, corresponsabilidad y cercanía pastoral.
El camino de reparación al que la Iglesia está llamada no puede reducirse a una serie de cumplimientos formales. Exige, por el contrario, una verdadera conversión en la justicia: personal, pastoral e institucional. Los responsables de las Iglesias locales tienen en este proceso una responsabilidad particular e indelegable. Están llamados no solo a garantizar normas y procedimientos, sino a asumir en primera persona una cultura del cuidado capaz de prevenir el abuso, de escuchar a las víctimas y de dar testimonio de la ternura de Cristo, transformando las heridas en rendijas de esperanza.
Las lecciones aprendidas en los últimos años han mostrado con claridad que, allí donde los obispos y los superiores mayores asumen este compromiso como parte integrante de su ministerio, la Iglesia se vuelve más creíble, más humana y más evangélica. En este horizonte, Ceprome está llamada a ser no solo un centro de formación, sino también un espacio de convergencia eclesial, capaz de acompañar a las Iglesias particulares en un proceso continuo de maduración.
La colaboración con el CELAM y la CLAR resulta, por tanto, decisiva. Solo uniendo la responsabilidad pastoral de los obispos, la riqueza carismática de la vida consagrada y las competencias interdisciplinarias será posible construir respuestas verdaderamente inculturadas, sostenibles y orientadas al bien integral de las personas.
Este diálogo, sin embargo, no puede ser únicamente jerárquico, porque la prevención auténtica nace de la escucha y de la comprensión. Escuchar a las víctimas no es un gesto opcional, sino un acto de justicia y de verdad. De esa escucha brotan políticas creíbles, procesos integrales de reparación, estructuras de responsabilidad y mecanismos de rendición de cuentas. La reparación, en la Iglesia, no puede separarse ni de la misericordia ni del respeto a la ley, pero tampoco reducirse solo a ellos. Requiere una visión eclesial clara, fundada en la verdad, la asunción de responsabilidades y el acompañamiento perseverante en el tiempo.
Se trata de un camino exigente, que reclama el valor de tomar decisiones audaces, valientes y sostenidas con constancia. Todo ello es necesario para cuidar a nuestros hermanos y hermanas heridos y para perseverar en el compromiso común de protección y de cuidado.
Por ello, me complace acompañar este momento de trabajo y de comunión que los ha reunido para cumplir esta misión. Los encomiendo al Espíritu Santo, para que los guíe en una colaboración cada vez más fecunda. Los animo a perseverar sin desanimarse ante las dificultades, recordando que cada paso auténtico hacia la verdad y la reparación es ya un signo de esperanza para la Iglesia y para el mundo.
Que Nuestra Señora de los Ángeles acompañe este camino de cuidado y de renovación.
Fraternalmente,
León PP. XIV
Si escuchar a las víctimas es, como afirma el propio Papa, “un acto de justicia y de verdad”, entonces cada carta que llega a Roma esperando respuesta se convierte también en un examen de credibilidad para la Iglesia que proclama ese principio.
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